Martina

Me gustaría que Martina fuera abuela de mi hija. La primera vez que lo pensé fue cuando Flora y ella se conocieron. Hasta entonces no había puesto atención en su forma de interactuar con bebés, ni siquiera con sus verdaderos nietos. Fue la primera vez que alguien le habló a Flora directamente en alemán. Su voz suave, pronunciando cada palabra de forma calmada y tibia, me hizo imaginar una versión infantil de mí misma, acurrucada, a punto de escuchar una historia contada por ella, aunque no pudiera entender nada. Ya sabes, pienso los mejores pensamientos que puedo imaginar.

Antes que otra cosa, tengo que aceptar el hecho de que el curso de este texto seguirá, probablemente, hasta el punto en que Flora despierte de su siesta. Y así estará completo. Anoche vi miles de fotos y videos en mi celular. Hace mucho no pasaba tiempo scrolleando hasta el cansancio, pero la buena es que esta vez no hubo malviaje. Constaté, de forma contraria a lo que mi paranoia me estaba haciendo creer, que he documentado con bastante suficiencia el transcurso de la vida de Flora. Además de curar la nostalgia cliché que me suele dar en esta época del año, los momentos revisitados, que hasta entonces yacían al borde del olvido temprano, me hicieron descubrir una especie de circularidad. Fui del presente hacia atrás, como regresando a lo largo de una corta línea del tiempo; es decir, del ahora hasta el nacimiento de Flora. Más allá de haber sido testigo de nuestra evolución en conjunto, el hallazgo tiene que ver con cierta trascendencia que, creo, suelen cobrar los obsequios que Martina le ha hecho a Flora cada vez que ha venido desde Alemania, para visitar a su hijo y a sus nietos. Hace casi seis meses, por ejemplo, le regaló un juego de envases de distintos tamaños y colores que cambió mi vida, y también, desde luego, la de Flora, pues hasta entonces ninguno de los juguetes que habían pasado por sus manos diminutas habían causado en ella tal fascinación. Transcurrían las semanas y Flora no se cansaba de examinar, chupar, morder y llevar a todos lados los recipientes de colores. Fue entonces que comencé a probar una que otra bocanada de libertad, en mitad de cualquier día de lo más cotidiano, con la novedad de que Flora por fin se entretenía con un objeto ajeno a mí o a la leche, que para aquel entonces era lo mismo.

Medio año después, en medio de una circunstancia de vida bastante diferente a aquella, el regalo fue doble. Flora recibió dos paquetes cuidadosamente envueltos en papel: uno era plano y cuadrado; el otro, casi redondo, cabía en la palma de mi mano. El primero se trataba de un libro indestructible. Tal parece que los alemanes, además de fabricar objetos que verdaderamente entretienen a los bebés, son capaces, de igual forma, de llevar conceptos abstractos a la realidad. El nuevo libro de Flora tiene las esquinas redondeadas. Además, está hecho de un material que se asemeja en su totalidad al papel común y corriente, pero que no se rompe con facilidad ni sufre consecuencia alguna si por cualquier motivo entra en contacto con el agua. Así los bebés como Flora, tan interesados en jugar con todo lo que no sea un juguete, con plena libertad pueden examinar, chupar, morder y llevar a todos lados algo que parece un libro de verdad. A diferencia del otro objeto que recibió, que sin lugar a dudas entra en la categoría de juguete. Al rasgar el papel, con mi ayuda, Flora encontró el peluche miniatura de un búho. Parecía como acabado de nacer, aunque ahora que lo pienso, nunca he visto la imagen de un búho recién nacido, mucho menos uno de verdad. Flora lo tomó con ambas manos y lo acercó a las comisuras de sus labios, como si lo estuviera besando. Un búho, le dije. Flora me miró absorta, con los ojos redondos como platos. Bú-ho, repetí por inercia. Flora imitó el sonido y aunque me encantaría seguir reconstruyendo lo que vino después el momento de dejar de escribir se avecina, pues escucho que la siesta terminó. Gracias al regalo de Martina, Flora añadió una palabra a su tierno y corto repertorio.  Además de agua, mamá, niña, nena y papá, ahora es capaz de imitar el sonido de búho cada vez que lo escucha. En algún punto asociará la palabra al objeto y pasará a la que sigue. En algún punto no podré enlistar la totalidad de las palabras que conocerá. En cualquier caso, la circularidad a la que me refería, entre los regalos de Martina, el presente, el pasado, las fotos y videos que sirven como muletas para la memoria, tiene que ver con algo que ya no puedo recordar.